Qué significa para las ciencias humanas
UPB · Programa de Historia · Camilo Atehortúa
La teoría del cierre categorial ya está expuesta: qué es un cuerpo científico, cómo se analiza y en qué consiste cerrar un campo. Lo que no se ha decidido es qué le hace esa teoría al oficio de la historia.
El cierre dicho sin un solo término técnico, y la prueba palpable de que ocurrió.
La teoría convertida en instrumento: lo que se le puede preguntar a cualquier disciplina.
Casos reales de investigación histórica, y qué cuesta cada uno.
No ideas sobre las cosas: las cosas. Maderas, monedas, actas, huesos, precios anotados en un libro de cuentas.
Con las manos y con aparatos. Se cuentan, se cotejan, se miden, se ordenan en serie, se superponen.
Del mismo orden que las anteriores. Y —esto es lo decisivo— ya no depende de quién la obtuvo.
Cuando esa operación puede repetirse hasta que el propio campo se sostiene solo, hay un cierre. La palabra «categoría» nombra el terreno que ese trabajo delimitó; no existía antes de él.
Una viga en la techumbre de una iglesia. La pregunta es de qué año es.
Se lee la secuencia de anillos del corte: anchos en los años buenos, delgados en los de sequía. Ese patrón se compara con el de otras maderas de la región ya fechadas hasta que encaja en un solo lugar. Sale el año en que el árbol fue talado.
Se busca en el fondo documental el contrato de obra, el libro de fábrica, el pago al carpintero. Sale la fecha en que se levantó el techo. Ni una palabra sobre anillos ni sobre árboles.
Los dos procedimientos no comparten ni instrumentos ni supuestos, y llegan a la misma década. Nadie acordó ese resultado: los dos caminos lo encontraron. Eso —y no la autoridad de quien firma— es lo que en esta teoría se llama una verdad.
La frenología sostuvo, durante buena parte del siglo XIX, que las facultades del carácter se alojaban en regiones del cerebro y que el relieve del cráneo las delataba. Franz Joseph Gall, médico vienés, midió y clasificó cráneos con instrumentos graduados; sus seguidores fundaron sociedades y publicaron revistas durante décadas.
La diferencia con la viga no está en el prestigio ni en la época. Está en que allí los caminos se cruzan y aquí no se cruzan nunca.
Qué cosas, de clases distintas, se ponen a operar juntas. No «de qué habla»: con qué trabaja.
Qué se hace materialmente con ellas: contar, fechar, cotejar, transcribir, medir, seriar.
Si al cambiar la persona cambia el resultado, no hay cierre. Hay otra cosa, que puede ser valiosa.
Un procedimiento independiente que llegue al mismo lugar. Cada uno que confluye ensancha la verdad.
Cuatro preguntas que no exigen tomar partido de antemano sobre si algo «es o no es científico». Solo exigen mirar lo que se hace.
| Campo | Documentos, monedas, restos, padrones, series de precios, fotografías, testimonios de personas vivas. Materia, toda ella, y de clases muy distintas entre sí. |
|---|---|
| Operaciones | Fechar, transcribir, cotejar copias, contar, seriar, traducir, entrevistar, excavar. Se hacen con las manos y con aparatos, no en la cabeza. |
| ¿Depende de quién operó? | Aquí se atasca. Y no por falta de rigor ni de método: entre los términos del campo hay personas que también operan —las del pasado y, en la historia reciente, las que están enfrente. |
| ¿Segundo camino? | A veces sí, y de sobra: el eclipse que confirma la crónica, el radiocarbono que confirma la estratigrafía. A veces es imposible: el testimonio único de un hecho sin más rastro. |
Dos de las cuatro se responden sin dificultad. La tercera es donde se juega el bloque entero.
Ninguna es un ejemplo inventado para la clase: las cinco son investigación que alguien hizo y publicó. Están ordenadas de la más fría a la más caliente, y a cada una se le hace la misma pregunta.
¿El resultado se sostiene sin la persona que lo produjo?
Un fragmento de carbón de un abrigo rocoso del altiplano cundiboyacense se envía a un laboratorio. Allí se mide cuánto carbono radiactivo queda en la muestra y se devuelve una fecha con su margen de error. Con fechas así se sostiene la cronología de la ocupación temprana de la región.
Quien manipula la muestra es intercambiable: otro laboratorio, con otro técnico y la misma muestra, devuelve la misma fecha dentro del margen. Si no la devolviera, el problema sería del procedimiento, y se buscaría dónde falló.
Los astros y el carbono no operan: se limitan a desintegrarse. Atribuirles intenciones sería un error de categoría, no una interpretación audaz.
¿Queda algo del arqueólogo en esa fecha?
En las visitas —las inspecciones con que la Corona revisaba periódicamente sus territorios— los oidores, jueces de la Audiencia, recorrían los pueblos de indios contando tributarios. No hacían demografía: calculaban cuánto tributo podía cobrarse. Dejaron padrones, pueblo por pueblo, durante casi tres siglos.
Puestos en serie por un historiador de hoy, esos padrones dibujan una curva de población: caídas, recuperaciones, ritmos. Nadie quiso dibujar esa curva —ni el oidor, ni el cacique, ni la Corona—, y aun así está ahí, y no cambia según quién la calcule.
Es una estructura producida por hombres que, sin embargo, se comporta como un objeto: se puede medir, comparar entre regiones y corregir con otras fuentes —diezmos, registros parroquiales— que llegan por su propio camino.
¿Es esta curva del mismo tipo que la fecha del caso anterior?
En la madrugada del 10 de junio de 1956, en un basural de José León Suárez, un grupo de detenidos fue fusilado por orden del jefe de policía de la provincia de Buenos Aires. Varios habían sido apresados antes de que se promulgara la ley marcial que después se invocó para fusilarlos. La versión oficial cerró el caso.
En diciembre de ese año, en un café de La Plata, a Rodolfo Walsh —periodista y escritor argentino, entonces autor de relatos policiales— le llegó una frase: «hay un fusilado que vive». Creyó al hombre que se lo dijo, lo buscó, y después buscó a los demás, uno por uno, bajo la dictadura que había ordenado los fusilamientos. Encontró siete sobrevivientes. Publicó las notas en la prensa en 1957 y el libro ese mismo año.
Nada de eso habría existido sin él: sin su decisión de creer, de buscar y de publicar. Y sin embargo los nombres, las horas, la orden y los sobrevivientes quedaron establecidos, y siguen en pie sin necesidad de Walsh.
Rodolfo Walsh, Operación masacre, Buenos Aires, 1957
¿Depende de Walsh el resultado, o solo el haber llegado a él?
La Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición entregó su informe final el 28 de junio de 2022: once volúmenes, cerca de catorce mil entrevistas, más de treinta mil personas escuchadas dentro y fuera del país.
No es un tribunal: no dicta condenas ni sus conclusiones son pruebas en un juicio. Y su nombre inscribe lo que se espera de ella: además de esclarecer, servir a la convivencia y a la no repetición.
Los testimonios no son restos que estaban ahí: se produjeron en un encuentro entre alguien que pregunta y alguien que responde, y ninguno de los dos sale igual del encuentro. Las dos partes operan.
Informe final Hay futuro si hay verdad, Bogotá, 28 de junio de 2022
Cuando el resultado además tiene que servir para algo, ¿sigue siendo el mismo tipo de resultado?
Un historiador prepara un informe de contexto sobre el despojo de tierras en una región y lo aporta a un proceso de restitución. Entra entonces en un procedimiento cuya regla de prueba no la fija su disciplina, sino la ley:
«Bastará con la prueba sumaria de la propiedad, posesión u ocupación y el reconocimiento como desplazado en el proceso judicial, o en su defecto, la prueba sumaria del despojo, para trasladar la carga de la prueba al demandado o a quienes se opongan a la pretensión de la víctima…»Ley 1448 de 2011, art. 78 — «Inversión de la carga de la prueba»
Ningún historiador podría trabajar así en su propio campo: no puede dar por probado lo sumario ni trasladarle la carga al que lo contradiga. Y el resultado del proceso no es un enunciado que otros puedan revisar: es una sentencia que devuelve —o no— un predio a una familia.
¿Qué es lo que se produce ahí: conocimiento, o una decisión?
El sujeto se elimina del resultado. Ciencia plena; el objeto ya no es humano.
Estructuras que los hombres produjeron y que ya no dependen de ellos.
Las operaciones son imprescindibles para llegar; el resultado se separa en parte.
El testimonio se produce operando, y el resultado tiene una finalidad práctica.
El resultado vuelve a exigir decisiones. Se apoya en ciencias; no es una ciencia.
Un historiador no habita una casilla: recorre la rampa, y a veces en un mismo día. La pregunta útil no es si su disciplina es una ciencia, sino en qué punto está trabajando en cada momento.
La teoría del cierre categorial no dice que la historia no sea una ciencia. Dice dónde está el precio, y que no hay salida sin precio.
Cuanto más se neutraliza al sujeto, más firme queda el resultado. Y menos humano el objeto: al final quedan huesos, isótopos y curvas, y la pregunta que se quería responder ya no aparece por ningún lado.
Cuanto más se cuenta con el sujeto, más pertinente resulta lo que se estudia. Y más frágil el resultado: sin segundo camino, lo que se afirma descansa sobre quien lo afirma.
De ahí la única prohibición estricta que se desprende de todo esto: no se puede cobrar dos veces. No se puede invocar la firmeza del laboratorio y la pertinencia del compromiso en el mismo enunciado, porque cada una se obtuvo pagando lo que la otra conserva.
Las polémicas permanentes de las ciencias humanas —escuelas que no discuten un resultado sino la cientificidad entera de la disciplina— dejan de ser un síntoma de inmadurez. Son la forma en que estas ciencias existen. Lo que el oficio exige no es elegir un bando, sino saber en qué punto de la rampa se está y no reclamar la autoridad del otro.
Bloque II · La cultura — se abre con Herder